POR QUÉ LE FALLAMOS AL SEÑOR

INTRODUCCIÓN: La revelación que nos trae la palabra de Dios nos ayuda para que aprendamos no sólo a conocer al Señor, sino también para conocernos a nosotros mismos. Incluso podríamos decir que muchas veces aún nosotros no nos conocemos en profundidad. Por eso dice el Señor en su palabra que Él es el que conoce el corazón humano; y si nosotros escudriñamos las escrituras, aprenderemos a conocernos también a nosotros mismos. En 1ra. Juan 2: 16, dice: “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo”. Y contra estas cosas tenemos que luchar en la vida cristiana;  y esto nos hace ver nuestra debilidad porque muchas veces cuando tenemos que mantenernos fieles al Señor, resistiendo a la tentación, no lo hacemos. Esto tiene que ver con una falla en nuestro carácter producida por el pecado, que ha deteriorado la imagen que cada uno tiene del Señor. Lo único que nos hace vencedores en nuestra vida es fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza; es decir, pedir su ayuda. Tenemos que entender que todos le fallamos al Señor en algún momento, justamente por lo que estamos diciendo acerca de nuestra fragilidad humana; pero aún eso no tiene que alejarnos de la presencia del Señor, porque es en esos momentos cuando más necesitamos de Él. Hoy quería que meditemos acerca de la realidad de por qué es que le fallamos al Señor.

TEXTO: 2da. Timoteo 2:12-13

  1. POR NUESTRA FRAGILIDAD HUMANA INFLUENCIADA POR EL PECADO (Rom. 3:10-12; 1:18-21).- En estos pasajes podemos observar la realidad del pecado que nos ha alcanzado. Dice aquí que no hay justo ni aún uno; que no hay quien entienda, ni quien busque a Dios; no hay quien haga lo bueno. Todo esto es lo que ha hecho el pecado en nuestras vidas: no podemos ser justos, no podemos entender la sabiduría de Dios, no tenemos la capacidad de buscar a Dios y no podemos hacer lo bueno. En el otro pasaje dice lo siguiente: que la ira de Dios se revela contra la injusticia e impiedad de los hombres que detienen con injusticia la verdad del Dios eterno. Toda injusticia que hay en nosotros está deteniendo la obra de Dios en nuestros corazones. Si no lo dejamos obrar, nunca cambiaremos. Luego dice que Dios ya se manifestó a cada hombre porque cada uno puede ver que en la creación su poder se hace manifiesto y ninguno tiene excusa. Posteriormente habla Pablo de que habiendo conocido a Dios no le glorificaron ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos. El pecado nos hace creer que sabemos más que Dios, que estamos por encima de Él. Y dice que su necio corazón fue entenebrecido; es decir, el corazón de los hombres fue lleno de tinieblas por causa de su pecado. En Efesios 4:18 dice: “Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón”. Y aunque podemos haber aceptado al Señor y haber comenzado a cambiar, pueden aún quedar vestigios de esa vieja naturaleza y entonces podemos darnos cuenta que muchas veces le fallamos al Señor por causa de nuestro corazón y entendimiento lleno de tinieblas. Si sentimos que necesitamos que Dios ilumine nuestro entendimiento y lo llene de luz, clamemos con nuestro corazón para que suceda.

 

  1. POR NUESTRA FALTA DE COMPROMISO CON ÉL (Jer. 11:10).- Aquí el Señor le da un mensaje a su pueblo a través del profeta y le dice que ellos se habían vuelto a las maldades de sus padres y que no quisieron escuchar sus palabras; se volvieron a otros dioses ajenos para servirles e invalidaron su pacto; es decir dejaron de lado su compromiso como pueblo suyo. Y queridos hermanos, muchas veces nosotros le fallamos al Señor porque nos olvidamos de nuestro compromiso con Él; nos olvidamos que un día le dijimos que íbamos a seguirle fieles. En Mateo 26:33-35 podemos ver una declaración que Pedro le hace al Señor, diciéndole lo siguiente: “Aunque todos se avergüencen de ti, yo nunca lo haré; aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré”; y todos los discípulos dijeron lo mismo. Y el Señor le anuncia a Pedro de su negación. Esto que hace Pedro es una declaración de compromiso; y queridos hermanos cuantas veces nosotros hacemos declaraciones como esta; pero nos pasa como a Pedro: no cumplimos con nuestro compromiso, y luego tenemos que llorar amargamente como lo hizo este varón. Nuestra falta de compromiso es también una de las causas por las cuales le fallamos al Señor. Somos muy inestables. En Santiago 1:6, dice que el que duda es semejante a la onda del mar que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. Cuando somos inestables, nos pasa esto: un día estamos bien, llenos de fe y otro día andamos por el suelo. Esto es lo que también vivió el apóstol Pedro. Roguémosle al Señor que nos ayude a ser estables en su camino y en nuestra fidelidad a Él.

 

  1. POR NUESTRA FALTA DE ATENCIÓN Y OBEDIENCIA A SUS CONSEJOS (1ra. Samuel 15:22).- En este pasaje podemos ver como el profeta Samuel amonesta al rey Saúl luego de que no había hecho las cosas como Dios le había mandado, y Dios lo desecha como rey. Samuel le dice: “¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios y el prestar atención que la grosura de los carneros”. Le fallamos al Señor porque desobedecemos y no prestamos atención a lo que nos manda y aconseja. Saúl falló y fue desechado como rey. Debemos considerar la necesidad de ser más obedientes. Es que muchas veces no tenemos presente lo que Dios nos dice; no le damos la importancia que tiene que tener. La obediencia tiene que ver también con la fe porque si creemos que Él es poderoso para cambiarnos, vamos a ser obedientes.

 

  1. POR NUESTRA FALTA DE COMUNIÓN CON EL SEÑOR Y CON LOS HERMANOS (Ef. 6:18; Heb. 10:25).- El apóstol Pablo viene hablando aquí de la armadura de Dios; y les dice a los hermanos: “Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos”. Cuando dice en todo tiempo y con toda oración, nos está diciendo que en cada momento de nuestra vida la oración debe estar presente; la oración debe formar parte de cada uno de nuestros días. Sin la oración perdemos el sustento para vivir porque ese sustento viene de nuestro Padre Celestial. Pero dice también “con toda perseverancia”. Muchas veces nuestra falta de perseverancia en la oración hace que le fallemos al Señor. En Hebreos 10:25, un pasaje muy conocido, dice: “No dejando de congregarse como muchos tienen por costumbre”. Cuando dejamos de asistir a la casa de Dios para escuchar la palabra de Dios y para tener comunión con los hermanos, estamos más propensos para fallarle al Señor porque perdemos en nuestra vida el poder que tiene la Palabra de Dios para transformarnos por causa de aislarnos y alejarnos de la casa de Dios. Volvamos al Señor y a su presencia.

 

  1. POR NUESTRO CORAZÓN DURO E INSENSIBLE (Isaías 46:12).- El profeta habla y dice: “Oídme, duros de corazón, que estáis lejos de la justicia”. Muchas veces por nuestra dureza de corazón le fallamos al Señor, porque como dice aquí, nuestra dureza de corazón nos lleva lejos de la justicia. Tener un corazón duro nos hace personas insensibles. El Señor cuando veía a las multitudes en sus necesidades se conmovía y se llenaba de compasión. Aprendamos del Maestro, y no permitamos que nuestra dureza de corazón nos insensibilice. Oremos con clamor al Señor que quite toda la dureza de nuestro corazón.

 

  1. POR NUESTRA FALTA DE ENTREGA Y RENDICIÓN A ÉL (Prov. 23:26).- Dice el sabio: “Dame, hijo mío, tu corazón,
    Y miren tus ojos por mis caminos”. El Señor nos pide que le demos nuestro corazón y darle nuestro corazón significa darle todo. La vida cristiana es una vida de entrega, y le fallamos al Señor en la medida que nos falta entrega y rendición a Él. Hay una vieja canción que dice: “Yo me rindo a Él, todo a Cristo hoy le entrego, quiero serle fiel”. Para entregarnos totalmente al Señor tenemos que disponernos en nuestro corazón a hacerlo. Por más que alguien nos hable, si no estamos convencidos en nuestro corazón nunca vamos a ir a los pies del Señor a rendirnos. Hoy es un día de rendición y de entrega.

CONCLUSIÓN: Todos le fallamos al Señor en un momento u otro de nuestras vidas, pero lo importante es volver a sus pies rendidos y arrepentidos, como el hijo pródigo que volvió a la casa de su Padre. Si amamos al Señor vamos a estar dispuestos a decirle como le dijo el hijo pródigo a su padre, dándose cuenta que le había fallado: “Ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Aunque sea Padre, hazme como a uno de tus jornaleros; de tus servidores más insignificantes, de tus servidores más bajos”.