DEJEMOS QUE DIOS NOS SANE

INTRODUCCIÓN: Una de las lecciones que tenemos que aprender en la vida es la de convivir y relacionarnos con los demás. En esas relaciones surgen desencuentros, diferencias de opiniones, discusiones y contiendas que dejan en los corazones heridas que solamente el amor de Dios puede sanar. Una herida es una perforación o un desgarramiento en algún lugar de un cuerpo vivo; pero también significa una ofensa o agravio que aflige o atormenta el ánimo. Cuando hay una herida en nuestro corazón indudablemente la tristeza invade nuestro corazón y necesitamos el remedio milagroso y sanador del amor de nuestro Padre Celestial. Para ello, así como para que nuestro cuerpo se restablezca debemos seguir las indicaciones del médico, para que nuestra alma sea restablecida tenemos que obedecer lo que el Señor nos indica y clamar que su amor nos inunde. El asunto es que muchas veces no queremos ser sanados de nuestras heridas, e inconscientemente buscamos retenerlas. Por el contrario Dios desea sanarlas con su misericordia y compasión. Hoy vamos a ver la historia de alguien que sucesivamente fue herido: José.

TEXTO: Génesis 42:7: “José reconoció a sus hermanos en cuanto los vio; pero hizo como que no los conocía, y hablándoles ásperamente les dijo: ¿De dónde habéis venido?... De Canaán, para comprar alimentos… y les dijo: Espías sois” Gén. 42:7,9.

EL PASO DEL TIEMPO NO SANA LAS HERIDAS; SINO SÓLO DIOS: José el hijo de Jacob, ha contado con el respaldo sobrenatural de Dios. De tal manera que ahora era el Señor de la tierra, quien le vendía trigo a todo el mundo (Gén. 42:6). Ahora era un hombre de autoridad, poder y el faraón tenía plena confianza en él; así que, desde el punto de vista natural, José estaba en su mejor momento. Sin embargo, aparecen sus hermanos, trayendo con ellos los dolorosos y amargos recuerdos de la adolescencia de José.  Como cualquier ser humano, José reacciona ante ellos de acuerdo al dolor de las heridas producidas en el pasado (heridas que no habían sido sanadas), habían pasado 22 años aproximadamente, y José los trató con indiferencia, aspereza, los acusa de ser espías y los envió a la cárcel por tres días (Gén. 42:17). Esto nos permite concluir que el paso del tiempo no sana las heridas, pues quien sana las heridas del corazón se llama Jesucristo el Señor.

LAS HERIDAS DEL CORAZÓN DEJAN EN NOSOTROS DESEOS DE VENGANZA Y JUSTICIA PROPIA.- Las reacciones de José son un espejo de las nuestras cuando no hemos perdonado. La indiferencia (“hizo como que no los conocía”) con la cual se pretende ignorar la realidad, la aspereza (“hablándoles ásperamente”) con la cual se pretende demostrar la ausencia de cualquier debilidad, y la falsa acusación y encarcelamiento, actos con los cuales quizá, quería que sintieran el dolor que él sintió cuando lo lanzaron a una cisterna (deseos de venganza o justicia propia, muy ocultos en el corazón herido, al igual que aquellos deseos de fracaso ajeno por las injusticias recibidas). Lo que ocurre es que nuestro corazón humano es engañoso y cuando Dios permite que sea herido es para sacar ese engaño que tiene. El trato de Dios es el que nos da un espíritu apacible y manso como el de Jesús. Pero tenemos que rogarle al Señor que nos ayude a quitar de nosotros esa maldad.

PODEMOS EN LA VIDA LOGRAR MUCHAS COSAS  PERO CON EL CORAZÓN HERIDO.- Es interesante ver a pesar de los grandes logros, José requería la sanidad de su corazón, y es Dios quien prepara el escenario. No importa cuanta unción llegues a alcanzar, o cuan prospero llegues a ser, o los niveles de autoridad a los cuales Dios te permita llegar, siempre estaremos aprendiendo y siendo procesados por las manos del Alfarero Divino. Es fundamental que ésta sanidad venga, y que la aceptes y la asimiles de Dios; de lo contrario, el corazón herido dañará a los que lo rodean, por su inseguridad provocará que muchos se aparten y conducirá al caos y fracaso del grupo que dirige (sea su familia, iglesia, empresa, ministerio, etc.). Es preferible detenerse un momento en la vida para reflexionar y ser sanados de nuestras heridas, que seguir en la vorágine, a las corridas pero con un corazón lastimado.

TENEMOS QUE CREER QUE EL ÚNICO REMEDIO PARA NUESTRO CORAZÓN HERIDO LO TIENE EL SEÑOR.- Todo corazón herido tiene remedio en Dios. En Génesis 45:3-9 podemos notar un cambio en la actitud de José. Es como si sus heridas del pasado hubieran comenzado a sanar. Es que Dios creo este encuentro con sus hermanos para que José pudiera obtener su sanidad. Y queridos hermanos tenemos que tener la plena seguridad que si nos mantenemos bajo la cobertura del Señor vamos a obtener la sanidad que nuestro corazón necesita. En Jeremías 33:6 Dios promete a los suyos sanidad y medicina. Salmos 147:3 dice que el sana a los quebrantados de corazón y venda todas sus heridas.  Dios quiere confortar nuestra alma a través del perdón y su aceptación y también quiere guiarnos en nuestro camino. Es importante buscar su guía a través de la fe sin esperar respuestas mágicas o antinaturales. En los valles de la vida que son los momentos de problemas, vemos que Dios sigue estando con nosotros y sigue siendo fiel. Hay un tiempo para curar y sanar (Eclesiastés 3:3). La sanidad que Jesús quiere darnos no es superficial sino desde adentro.  Si tenemos una herida que necesita Su atención, entonces conversemos con nuestro Dios sobre esa herida. Dejemos que Dios la vende y la cure. Si tienes a alguien en quién confías pídele a esa persona que te ayude en oración. Este es un proceso. Él puede poner su mano y en un instante sanar esa herida. Parece ser que en asuntos del corazón, Dios escoge el método de vendar nuestras heridas y esto nos habla de un proceso. ¿Con qué objetivo, me pregunto? Él quiere que amemos al Sanador más que a la sanidad. Él quiere que realmente aprendamos a conocerlo. Que cuando salgamos de esta experiencia nuestro amor y devoción hacia Él sea mucho mayor. Mantén una comunicación abierta con Dios, aprendiendo de su Palabra y conociéndolo mejor. No te conformes con sentirte mejor, pero deja que Él llegue al fondo de esa herida y la sane. ¡Él puede hacerlo!

Reflexión final: Marcos 11:25-26.- El perdón es un estilo de vida, nos acerca a Dios, nos libra de la amargura, de la tristeza y trae sanidad y libertad. El perdón nos conduce por el camino del propósito divino, y esa sanidad, esa libertad, será cada vez mayor y como un bálsamo del Dios sanador y restaurador, que nos impulsa y fortalece a seguir por la senda del llamado que Dios nos ha hecho.