UN MISMO SENTIR

INTRODUCCION:   Es interesante que veamos lo que Dios le dice a su pueblo Israel en Exodo 19:5, segunda parte: “…vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra”. Descubrimos aquí que Dios le da a su pueblo, un valor muy especial, extendiéndose esta declaración a su Iglesia por haber sido injertados en Israel, según Romanos 11:17. Y este valor dado por Dios, se pone de manifiesto cuando vemos el precio pagado por el Padre a través de la sangre de Cristo para que seamos de Él. Conforme a ello debemos vivir agradecidos a Dios por tener este privilegio de pertenecer a su gran pueblo. En Levítico 26:12, Dios le dice a Israel, entre otras cosas: “…y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo”. Es indudable que Dios quería impregnar claramente en el corazón de su pueblo “el sentido de pertenencia”. Este “sentido de pertenencia” significaba que Israel le pertenecía a Dios, por lo tanto era un pueblo diferente a todos los demás pueblos porque era el pueblo de Dios; y  a su vez Dios mismo se declara como pertenencia de ellos: “y yo seré vuestro Dios”. La iglesia de Dios también, como su pueblo debemos tener bien en claro este “sentido de pertenencia”, porque esto nos ayuda a tener “seguridad de identidad”, de quienes somos, de cómo debemos ser: un pueblo, una familia diferente que sabe que cada uno de sus integrantes es un hijo de Dios, por lo tanto Dios es nuestro Padre. Dentro de este marco de identidad hay un aspecto que Dios en su amor nos señala y es de que tengamos un mismo sentir.

TEXTO: Filipenses 1; 2:1-8; Efesios 4:3

a)   DEBEMOS SER DILIGENTES Y CUIDADOSOS EN GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPIRITU EN EL VINCULO DE LA PAZ.-  Pablo viene hablando en el capítulo 1 acerca de que él se acuerda de los hermanos en sus oraciones y que está persuadido que El que comenzó la buena obra en ellos la perfeccionará hasta el día de Jesucristo, es decir, hasta acabarla. Asimismo les hace partícipes a los hermanos comunicándoles acerca de sus prisiones y les dice que todo lo que le ha sucedido ha redundado para el progreso del evangelio, ya que muchos hermanos, cobrando ánimo al verle sufrir por causa de Cristo, se atreven mucho más a predicar la palabra del Señor. Dice que algunos predican por envidia y contienda, pero otros de buena voluntad. Los que lo hacen para contender y que están en contra del apóstol, se creen, dice Pablo, que le están añadiendo más aflicción a su vida en la cárcel. No importa, dice Pablo, ya sea por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado. Esto es lo que tiene valor: que el mensaje se está extendiendo por todo el Imperio. Asimismo, les dice que, por las oraciones de los hermanos, percibe la suministración del Espíritu de Jesucristo y que esto dará como resultado su liberación (vs. 19). Suministrar es proveer a alguien de algo que necesita y en este caso Pablo nos enseña que a través de la oración podemos ser provistos por Dios del Espíritu de Jesucristo, del Espíritu Santo. Luego dice que se encuentra acorralado en el sentido de que tiene los dos deseos: partir, para estar con Cristo, lo cual es mucho mejor, pero también cree necesario quedar con vida sobre esta tierra por amor a los hermanos. Declara que confía en que volverá a verlos para el provecho de ellos y el gozo de su fe. Pero les recalca que se comporten como es digno del evangelio de Cristo (vs. 27), sea que los vea o que no los vea y se mantengan firmes en un mismo espíritu, combatiendo unánimes por la fe del evangelio. En el original dice “que esté oyendo acerca de ustedes que están de pie en un espíritu y en un alma, luchando juntamente por la confianza del buen mensaje”. Y por el Espíritu Santo el Señor quiere dejar impregnada esta palabra en nuestros corazones: estén de pie, firmes, en un espíritu y en un alma, luchando por la causa que trajo salvación y vida eterna a vuestra vida: el evangelio de Jesucristo. En Efesios 4:3 dice que seamos “solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”. Es decir que Dios nos llama a ser solícitos. Ser “solicito” es ser “diligente”, “cuidadoso”, en guardar la unidad del Espíritu. Los problemas de relaciones interpersonales que tenemos dentro de la iglesia ocurren porque descuidamos el guardar la unidad del Espíritu. El Espíritu Santo en su obra está unido al Padre y al Hijo. Cuando uno no riega una planta, la planta se seca; cuando uno no alimenta el fuego con brazas, a la larga el fuego se apaga. Y estas cosas ocurren porque descuidamos tanto a la planta como al fuego. Del mismo modo, la unidad se rompe cuando la descuidamos, cuando no valoramos el estar juntos, cuando nos acercamos a los demás sólo por el interés de obtener algo del hermano, de sacar alguna tajada, algo que nos interese y que no es precisamente la vida de mi hermano, cuando no sabemos soportar a los demás, siendo que Cristo nos soporta a nosotros; cuando no sabemos escuchar pero queremos que nos escuchen; etc. El deseo del Padre y del Hijo es que seamos diligentes y cuidadosos en guardar la unidad, y a ello lo vemos reflejado en la oración de Juan 17. “Padre, que sean uno”. Pero agrega algo más: “en el vínculo de la paz”. En el original dice “en la atadura unidora de la paz”. La unidad debe manifestarse dentro de un marco y ese marco es la paz. Esa paz no es la paz que da el mundo, sino la paz que da Cristo. Jesús dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da”. La unidad descansa sobre la base de la paz de Cristo. La paz de Cristo en nuestros corazones es lo que nos hace marchar en unidad, porque sobre pasa todo entendimiento; y esto ocurre porque es una paz divina, que viene de Dios. Cuando está la paz de Cristo en nuestros corazones, no deja lugar al rencor. Debemos ser cuidadosos y diligentes en guardar la unidad del Espíritu apegados a la paz de Cristo.

 

b)   DIOS NOS LLAMA A TENER UN MISMO SENTIR.- En el capítulo 2:1 de Filipenses Pablo continúa su carta diciéndole a los hermanos “si en Cristo han experimentado alguna consolación producto de su amor, si alguna participación común de su Espíritu, si algún afecto entrañable (en el original dice “tiernos cariños”) y compasión, llénenme de pleno regocijo pensando lo mismo, teniendo el mismo amor, juntos en alma, pensando una misma cosa”. Cuando miramos hacia atrás podemos ver la obra que Cristo ha hecho en cada una de nuestras vidas y de nuestras familias: Por su amor hemos experimentado consuelo, comunión con Él, y también cariños, afecto entrañable. Pero creo que Dios no quiere que nos quedemos con eso solamente. Dios quiere que crezcamos, que maduremos. Y aquí Pablo le pide a los hermanos crecimiento en su relación y expresa esta idea: la exhortación a que tengan un mismo sentir. Esta palabra “sentir” también puede expresarse como  “pensar, juzgar, adoptar una actitud” y la idea de “vivir en armonía” y “ponerse de acuerdo”. También vemos en otros pasajes de la Palabra de Dios que se nos insta a tener y a ser de un mismo sentir: 2ª Cor. 13:11 “Sean de un mismo sentir”; Filipenses 4:2 “Ruego a Evodia y a Síntique, que sean de un mismo sentir en el Señor”; 1ª Pedro 3:8-9 “Finalmente, sean todos de un mismo sentir”. Recién decíamos que tenemos que cuidar la unidad del Espíritu, pero esto se profundiza más aún cuando el Señor nos pide que tengamos un mismo sentir, que pensemos lo mismo, que adoptemos una misma actitud. Parece una empresa difícil e imposible. ¿Cómo personas con diferentes temperamentos, diferentes formas de pensar, diferentes formas de crianza, diferentes anhelos y deseos, diferentes estratos sociales, etc., puedan llegar a tener un mismo sentir? En el versículo 5 hallamos la respuesta: Que se encuentre en ustedes el mismo sentir que tuvo Cristo. El sentir y el pensamiento de Cristo primeramente aquí,  nos muestra que Él no se aferró a su condición de ser igual a Dios. Muchas veces nosotros nos aferramos a cosas, a relaciones, a status, a cargos, a este mundo, como si fuésemos a vivir para siempre y Dios tiene que tratar con nosotros para hacernos ver nuestra condición. Cristo no se aferró a su lugar de privilegio. A Él le agradaba hacer la voluntad del Padre (“Porque yo hago siempre lo que le agrada”). Luego dice que se vació a sí mismo, tomando forma de siervo. Muchas cosas cambiarían en nuestras vidas si nos vaciáramos de nosotros mismos y nos llenáramos del Señor. Tenemos que vaciarnos de nuestras conductas erradas, pecados ocultos, caracteres que no glorifican a Dios, impulsos de la carne, vicios que nos desaniman. Dice el escritor a los Hebreos “Por lo cual, levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas; y haced sendas derechas para vuestros pies, para que lo cojo no se salga del camino, sino que sea sanado”.

 

c)    EL SENTIR DE CRISTO ES LA HUMILDAD Y LA OBEDIENCIA HASTA LA MUERTE.- En el versículo 8 Pablo dice que Cristo estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte. En la condición de hombre, vemos el segundo aspecto del sentir de  Cristo, y es que se humilló y se hizo obediente. La condición que adoptó Cristo es nuestra condición: la humana; y en esa condición, adoptó el pensamiento y la actitud de humillarse a sí mismo y ser obediente hasta la muerte. Y cuando la Palabra nos exhorta a tener un mismo sentir, un mismo pensamiento, una misma actitud se refiere a este sentir que tuvo Cristo: ser humildes y obedientes hasta la muerte. Cuando Cristo dice: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), se está refiriendo a su sentir. Cuando Cristo dice: “Si guardaren mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Juan 15:10), se está refiriendo a su sentir. Humildes y obedientes es el mismo sentir, el mismo pensamiento que toda la Iglesia de Cristo debe cultivar. La humildad es aquella virtud que nos hace ser conscientes de nuestras limitaciones y que nos ayuda a reconocer al Señor en todos nuestros caminos, que no nos deja tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener; que nos muestra que en el amor y el estimar al hermano como superior a uno mismo y darle el valor que Dios le da, se encuentra el secreto de la unidad del Espíritu. Sin humildad no hay unidad. Por eso dice Pablo en el vs. 3 a los hermanos: “No hagan nada por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”.  Las contiendas generalmente ocurren por causa de nuestro orgullo; cuando tenemos un espíritu contencioso que le gusta andar discutiendo y peleando, debemos examinar nuestro corazón a la luz de su Palabra y rogarle al Señor que nos cambie a través de la obra del Espíritu Santo, poniendo humildad. Asimismo, Cristo en este pasaje nos muestra el camino de obediencia hasta la muerte. Y nuestra obediencia a Dios tiene que ser hasta el final de nuestros días, hasta el último aliento para que habiendo acabado todo el Señor nos encuentre en pie y firmes. En 1ª Pedro 1:2, el apóstol dice que fuimos elegidos… para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo”. El obedecer es mejor que los sacrificios y el prestar atención, mejor que la grosura de los carneros. No nos cansemos de obedecer al Señor cuando nos exhorta a abandonar hábitos pecaminosos, conductas erradas, porque llegará el día en que Él nos dirá: “Bien buen siervo y fiel; en lo poco me fuiste fiel; en lo mucho te voy a poner”.  Este es el mismo sentir que todos debemos tener: la humildad y la obediencia hasta el fin.

 

CONCLUSION: Romanos 15:5-6 “Pero el Dios de la paciencia y la consolación os de entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo”. Amén.