VIVIR EN MISERICORDIA

INTRODUCCION: En cierta oportunidad Jesús les dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres”. En esta era en que el mundo vive aceleradamente, los cristianos somos arrastrados a esa forma de vida donde el tiempo no alcanza y es necesario esforzarnos hasta el límite de nuestras fuerzas físicas para no padecer necesidad. El diablo y el espíritu del mundo se encargan de presionar sobre nuestras vidas de tal forma que no cumplamos el rol que nos toca como Iglesia de Jesucristo, para que nosotros que somos la sal, nos desvanezcamos. Cuando la sal pierde su sabor, no sirve para nada. Nuestro enemigo busca esto: que no sirvamos para nada, y menos que no sirvamos al Señor y en su Iglesia. El diablo quiere que nuestra vida cristiana se vaya limitando a algo estático y de cuatro paredes, a quedarnos en nuestras casas porque estamos cansados, a dedicarnos a nosotros mismos y a lamentarnos de nuestras pruebas y dificultades, a escuchar el mensaje del domingo y continuar la semana metido en nuestras cosas y preocupaciones. Pero la Biblia nos dice en Miqueas 6:8: “Oh, hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios”(Miqueas 6:8). Dios quiere que seamos obedientes en todo lo que el pide, y muchas veces hacemos énfasis en ser justos y rectos, y también en la oración ferviente y humillada delante de Él, pero también quiere que amemos la misericordia, que haya un deseo ardiente en nuestro corazón de ser misericordiosos (Lucas 6:36). El Salmo 136 por 26 (veintiséis) veces declara la frase “porque para siempre es su misericordia”, la misericordia de Dios hacia nosotros. En castellano, no hay una sola palabra que sea capaz de captar todo lo que dice el original. La frase que tal vez más se acerca sería “amor constante”. La palabra misericordia viene del latín y está formada por:  miser (miserable, desdichado); cordis (corazón) y el sufijo ia. Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás, buscando de aliviarles esa desdicha. La misericordia destaca el carácter compasivo del amor de Dios hacia el hombre, que se encuentra en una situación mísera e impotente ante Él por el pecado. Por eso, la misericordia es como algo dinámico que transforma, cambia, promueve, renueva y nos hace crecer. Tenemos que recordar siempre de dónde nos ha sacado Dios y que lo ha hecho por pura misericordia, porque en nosotros como seres humanos caídos no hay ninguna capacidad propia de acercarnos a Él. Su amor es el que nos atrajo a Él.

 

TEXTO: 2da Samuel 9:1-13

 

DESARROLLO:

 

  1. La misericordia de Dios nos alcanzó (vs. 1). Comienza este pasaje con la pregunta de David: “¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán?” La Biblia nos cuenta la historia de la amistad profunda que hubo entre David y Jonatán, hijo del rey Saúl, y como en esa amistad había nacido un verdadero compromiso a tal punto que David declara aquí “por amor de Jonatán”. Y a esta pregunta de David un siervo llamado Siba respondió que sí había un hijo de Jonatán que se llamaba Mefi-boset, y que estaba lisiado de ambos pies. En 2da Samuel 4:4 podemos leer cómo es que llegó a esa situación. En esta parte del pasaje podemos aprender que de la misma manera en que David buscó a alguien para hacerle misericordia, Dios se encargó de buscarnos a nosotros, cojos y lisiados por el pecado. Por pura gracia Él quiso acercarse a nosotros. El hombre actual se caracteriza por ser egoísta y por buscar su interés personal, sin interesarle los demás. Cuando venimos a Cristo es necesario que ese corazón de piedra, duro, sea transformado en un corazón de carne, tierno, que sabe compadecerse del prójimo. Dios nos llama hoy a ser misericordiosos (Lucas 6:36). Hoy en día es necesario que seamos obedientes al llamado que Dios nos hace. En Mateo 25:34-46 leemos que ocurrirá en el juicio de las naciones: Cristo habla acerca de que Dios separará las ovejas de los cabritos como mostrando la diferencia entre aquellos que practican la compasión y la misericordia y aquellos que no lo hacen; y al final destaca que todo lo que los suyos hicieron por aliviar el dolor y las necesidades de otros, se lo hicieron a Él. Esto nos muestra que Dios quiere que pensemos como Él: que cuando hagamos algo por los demás, consideremos que se lo estamos haciendo a Cristo. El mundo y la gente que nos rodea necesitan que se manifiesten los misericordiosos del Señor. Hay corazones que sanar, vidas que cubrir, enfermos que visitar, niños que alimentar y vestir, ancianos que cuidar. Pidámosle a Dios ideas y que nos guíe para cumplir el rol de ser sal en esta sociedad. Esto trabajo de toda la iglesia. El llamado de Dios en esta noche es que comencemos a mirar hacia la necesidad de nuestro prójimo, que quitemos de nosotros el egocentrismo y prediquemos el evangelio siendo compasivos y misericordiosos. Clamemos a Dios por un corazón compasivo. En Mateo 14:14 dice que saliendo Jesús, vio una gran multitud y tuvo compasión de ellos. Tenemos que abandonar la indiferencia y el desinterés por los demás. Muchas veces nos centramos en nosotros mismos: nuestros problemas, nuestras decisiones, nuestras cosas, y el Señor está esperando que hagamos algo bajo la guía de su Espíritu Santo para aliviar el sufrimiento de nuestro prójimo así como Él actúa con nosotros.

 

  1. La misericordia de Dios nos invita a no temer (vs. 7a). David manda llamar a este joven Mefi-boset y la primera frase que le dice es: “No tengas temor, porque yo haré contigo misericordia por amor a Jonatán, tu padre”. Escuchar estas palabras de la boca del rey deben haber sido para este muchacho como una dulce música, luego de tantas penurias y sufrimientos a través de los años. Indudablemente esta era una invitación para que él pudiera comenzar a confiar en el rey. Esto nos muestra que muchas veces nosotros por causa del pecado no podemos ver ni disfrutar de la misericordia de Dios. Nos sentimos inmerecedores e indignos y el diablo nos acusa para que no nos acerquemos a Dios y disfrutemos de su perdón misericordioso. La meta del diablo es aislarnos y separarnos de todo lo que el Señor tiene para nosotros sus hijos. Pero Él nos dice estas palabras: “No tengas temor. Acércate confiadamente”. Así como Mefi-boset, estar delante del Rey nos da seguridad y perdón y podemos percibir su obra de misericordia sobre nuestras vidas. Pero Dios no quiere que nos quedemos allí, sino que lo que hemos recibido de pura gracia también lo compartamos y eso que tenemos que compartir es un corazón misericordioso para con los demás. Hemos recibido misericordia, por lo tanto debemos dar misericordia. Somos portadores del tesoro más grande que un hombre puede tener: el Evangelio de salvación. Dios quiere que nos sentemos a su mesa, nos anhela celosamente. Pero también quiere que no pensemos en forma egoísta, sino que hagamos partícipes a otros de esta bendición. (Lucas 14:15-24) “Ve pronto por las plazas y las calles de la ciudad, y trae acá a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos.... Ve por los caminos y por los vallados, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa”.

 

  1. El misericordioso deja de lado el rencor y el resentimiento (vs. 7). A pesar de haber sufrido la persecución y el odio por parte de Saúl, David muestra su corazón compasivo hacia la familia de éste y como cumplimiento al pacto hecho con Jonatán. David podría haber elegido el camino del resentimiento y la venganza. Pero por el contrario, el sigue el camino de la misericordia y de la bondad. En Lucas 6:35-36 Jesús enseña a sus discípulos a amar y a hacer bien aún los que les han hecho mal, a sus enemigos, y dice: “Sean misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso”. ¿Cuántas veces Dios nos pide que perdonemos y tengamos un corazón compasivo a los que nos hieren u ofenden? La misericordia nace junto con el nuevo nacimiento, con la regeneración por el Espíritu Santo. Necesitamos esa obra para dejar de lado el rencor y el resentimiento. No es para nada fácil, pero tampoco es imposible porque Dios está en el medio. Lo que es imposible para nosotros para Dios es posible. La obra es del Espíritu Santo y no nuestra. Lo que pasa es que tenemos que ser obedientes.

 

  1. La misericordia de Dios nos hace formar parte de su familia (vs. 11, 13). Cuenta el relato que Mefi-boset habitó en Jerusalén y fue adoptado como un hijo más de David (vs. 11) y que comía siempre a la mesa del rey (vs. 13).  Así como David mostró toda su misericordia con Mefi-boset, hoy el Señor nos quiere recordar a través de estos pasajes que su misericordia hoy es una realidad en nuestras vidas. Dice el Salmo 68:6 que “Dios hace habitar en familia a los desamparados”, y nosotros éramos desamparados, despreciados en algunos casos por la sociedad y aún por nuestras familias, pero Él nos recibió y nos dio un lugar en la mesa de su casa. Muchas veces no valoramos esto que el Señor ha hecho por nosotros. Creemos a mentiras y engaños puestos por el diablo en nuestra mente, que quieren hacernos sentir que no somos parte de la familia de Dios ya sea por heridas, por pecados ocultos que luchamos por abandonar, por situaciones difíciles que estamos pasando y que hacen tambalear nuestra fe. En el Nombre de Jesús, Dios quiere sanar nuestro corazón, desea derramar sobre nosotros todo su bien. En Miqueas 7:1-2 leemos el ruego del profeta: “Apacienta a tu pueblo con tu cayado, el rebaño de tu heredad, que mora sólo en la montaña, en campo fértil; busque pasto en Basán y Galaad, como en el tiempo pasado. Yo les mostraré maravillas como el día que saliste de Egipto”. Estando al lado del Señor tendremos alimento para nuestras almas,   y Él nos mostrará maravillas como lo hizo con la salida del pueblo de Egipto. Vs. 18-19: “no retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia. Él volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados”.

 

CONCLUSION: Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia, decía Jesús. El deseo del Señor es que vivamos en misericordia: disfrutando de su misericordia y manifestando su misericordia a otros. El Espíritu Santo quiere corazones compasivos y misericordiosos, un pueblo que se interese por el prójimo, así como el Padre se interesa por sus criaturas, que si estamos llenos de alimento espiritual aprendamos a compartirlo con los desvalidos y necesitados. Si todavía tenemos un corazón de piedra, duro y frío, hoy Dios quiere transformarlo en un corazón de carne, tierno y compasivo (Ezequiel 36:26). Hay muchos Mefi-boset allí afuera, lisiados, impedidos y deteriorados por el pecado. Dios nos dice: “Fuérzalos a entrar para que se llene mi casa”. Iglesia, Dios nos está llamando a escuchar su voz y a ser sensibles y compasivos.