LAS DOS SABIDURÍAS

INTRODUCCION: Muchas veces nos cuesta la obediencia a Dios. Esto ocurre porque nuestro entendimiento aún se encuentra entenebrecido, lleno de tinieblas; es como un sueño profundo en el cual el diablo nos sumerge y no alcanzamos a ver que todo lo que Dios ordena siempre es para nuestro bien. Los temores a la vida nos invaden y nos falta confianza en Dios. La falta de obediencia es la consecuencia de nuestra falta de confianza en Dios, es la consecuencia de nuestra falta de entrega a Él, es la consecuencia de tomar el rumbo equivocado de nuestros caminos. Lamentablemente sufrimos innecesariamente las consecuencias del pecado, siendo que podemos evitarlas arrepintiéndonos y volviendo a Dios. Dios no nos fuerza a nada porque es un Dios de amor y va a respetarnos. Pero tengamos la certeza de que un día Él volverá, pero ya como juez y vamos a tener que dar cuenta de todo lo que hayamos hecho, de todo lo que hayamos pensado y de todo lo que hayamos dicho. Por eso es que hoy más que nunca tenemos que volver al temor a Dios, tenemos que andar en santidad más que ayer, tenemos que estar dispuestos a renunciar a la maldad de nuestro engañoso corazón. Muchas veces juzgamos a los demás y no vemos la paja que está en nuestro propio ojo, muchas veces le echamos la culpa a otros como hizo Adán y no admitimos nuestros pecados por el orgullo que tenemos; y Dios usa sus métodos para quebrantarnos y hacer que de una vez por todas aprendamos lo que Él quiere de nosotros. Hoy quisiera meditar en un pasaje que nos habla acerca de dos sabidurías, de dos maneras de conducirnos, de dos actitudes que podemos tomar.

TEXTO: Santiago 3:13-18

DESARROLLO:

El libro de Santiago es uno de los libros que nos muestran mucho acerca de la conducta y ética y del comportamiento sabio dentro de la experiencia cristiana. La sabiduría juega un papel importante en la enseñanza de la Palabra de Dios. En una definición simple, la  sabiduría es la forma correcta de aplicar el conocimiento. En el texto que vamos a leer, podemos ver que el apóstol habla de dos sabidurías y comienza diciendo que si alguno es sabio y entendido muestre por su buena conducta las obras en sabia mansedumbre (vs. 13). Hay una sabiduría que viene de Dios y otra que es terrenal, animal, diabólica, dice Santiago.

  1. LA SABIDURIA TERRENAL: Dice la palabra que si hay celos amargos y contiendas en el corazón, no sean orgullosos ni mentirosos. El celo es la sospecha o la desconfianza que alguien siente de que cualquier afecto o bien que disfrute llegue ser alcanzado por otro. Pero la biblia habla de celos amargos. Los celos amargan la vida. En el original dice: celos que atraviesan, perforan y punzan la vida. Cuando los celos dominan el corazón no podemos vivir en paz. Nos molesta que otro tenga lo que yo no tengo, nos molesta que otro tenga el afecto que yo no puedo tener. Los celos son destructivos, los celos, según lo que leemos, tienen origen diabólico. La sabiduría que origina los celos es terrenal y diabólica, por lo tanto debemos desecharla, debemos quitarla de nuestra vida mediante el arrepentimiento; los celos son pecado. Pero esta sabiduría también incluye las contiendas. Contender es reñir, pelear y disputar. Muchas veces estas conductas se encuentran en nuestro corazón y aunque haya pasado el tiempo, y asistamos a la iglesia, seguimos manteniendo esta forma de vida. Siempre vamos al choque, siempre agredimos, siempre estamos injuriando y juzgando. Esta forma de vivir no es la que Dios quiere que tengamos. Tenemos que arrepentirnos. Leemos en Mateo 5:21-26 acerca de la ira y el enojo; y Jesús dice que no solamente el que mata será culpable sino el que se enoje contra su hermano y el que lo denigre con insultos y palabras duras. Esto tiene que llevarnos a meditar una vez más acerca del temor a Dios. Jesús sigue hablando  y lo hace a personas que van al templo a adorar a Dios porque dice: “si traes tu ofrenda al altar, y allí te das cuenta que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”. Esto nos enseña que muchas veces nuestra adoración no pasa el techo porque, a pesar de que cantamos y participamos de la adoración congregacional, vivimos en nuestro corazón con rencores y discordias hacia otros hermanos. Debemos poner en práctica esta palabra que dice Jesús: “ANDA, RECONCILIATE PRIMERO CON TU HERMANO”. ¿Y cómo lo hacemos? Conversando los unos con los otros, con respeto y sinceridad, sin fingimiento, dice la Palabra. Un espíritu contencioso que no ha sido transformado por Dios, se manifiesta también en la forma cómo hablamos. Jesús dice que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Muchas veces nos creemos con el derecho y la autoridad de hacer comentarios sobre otras personas, hablando mal, menospreciando y hasta calumniando. Dios le llama a esto pecado de  murmuración, el cual tiene graves consecuencias. Cuando tocamos a una persona para hablar mal sobre ella, estamos mostrando nuestra falta de integridad y de amor. Si nos respetamos y nos estimamos a nosotros mismos, vamos a considerar a los demás en esa misma dimensión. Esta forma de vida trae perturbación y manifiesta obras perversas, dice Santiago. La perturbación es un trastorno del orden y es una pérdida del juicio. Por eso cuando nos enojamos es que se dice: “perdió el juicio”. También habla de obras perversas. Una obra perversa es una obra sumamente mala y que causa daño intencionalmente. Esto no es lo que hay en el corazón de Dios, esto no es lo que le corresponde a un hijo de Dios. Tenemos que arrepentirnos y desechar esta sabiduría del mundo que se manifiesta en un corazón orgulloso y egoísta.

 

  1. LA SABIDURIA DE DIOS: Pero Santiago también habla de otra sabiduría: una sabiduría que viene de lo alto, que viene de Dios. Esa sabiduría muestra su carácter y  manifiesta el fruto del Espíritu Santo. En Prov. 1:7 leemos: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. La sabiduría que viene de Dios tiene su fundamento en el temor que le tenemos que tener a Él. Uno de los problemas que tenemos es que hemos perdido el temor al Señor. Parece que el espíritu del mundo se nos ha metido solapadamente. Tenemos que retornar al temor de Dios, tenemos que reverenciarle con nuestra conducta. Renunciemos a toda conducta pecaminosa por favor. El apóstol habla aquí de que esa sabiduría es primeramente pura. Algo puro es algo limpio y libre de mezcla con otra cosa. El que tiene esta sabiduría muestra la pureza en su corazón libre de las mezclas con la forma de vida que tiene este mundo. Luego dice: pacífica. Dice la biblia que a paz nos llamó Dios. El que tiene la sabiduría de Dios busca estar en paz con los demás y trata que los demás también estén en paz los unos con los otros. Jesús en el sermón del monte dice que los pacificadores son bienaventurados porque ellos serán llamados hijos de Dios. Cuando no hay paz en el corazón, se manifiesta en el rostro, cuando no hay paz en el corazón, estamos mal con los demás, cuando no hay paz en el corazón esquivamos la mirada de Dios. Detengámonos y meditemos: ¿tengo paz o vivo inquieto, con falta de confianza en el Señor? Busquemos la paz y sigámosla. El que tiene esta sabiduría también es amable. Una persona amable es una persona agradable, dulce en el trato y afectuosa. La sabiduría de Dios también incluye la benignidad. Una persona benigna es una persona bienintencionada, que trata de que los que lo rodean y se acercan a él puedan sentirse cómodos y bendecidos por Dios. También dice Santiago: “llena de misericordia”. No dice un poco de misericordia, no dice un grano de misericordia: dice llena de misericordia.  La palabra misericordia viene del latín y está formada por:  miser (miserable, desdichado); cordis (corazón) y el sufijo ia. Esta palabra se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás, buscando de aliviarles esa desdicha. La misericordia destaca el carácter compasivo del amor de Dios hacia nosotros, que nos encontramos en una situación miserable e impotente ante Él por el pecado. Por eso, la misericordia es algo dinámico que transforma, cambia, promueve, renueva y nos hace crecer. Tenemos que recordar siempre de dónde nos ha sacado Dios y que lo ha hecho por pura misericordia, porque en nosotros como seres humanos caídos no hay ninguna capacidad propia de acercarnos a Él. Su amor es el que nos atrajo a Él. Sigue diciendo el apóstol: lleno de buenos frutos. El fruto es el resultado manifestado en la conducta. Los buenos frutos son las buenas cosas que se manifiestan en una conducta gobernada por el Espíritu Santo (amor, gozo, paz paciencia, etc.). Luego dice: sin incertidumbre ni hipocresías. La incertidumbre es falta de claridad, es duda, es sospecha, es inquietud. Y la hipocresía es el fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen. El  que ha elegido la sabiduría de Dios se ha despojado de esta sospecha y de este fingimiento o hipocresía. Jesús en una oportunidad les dice a sus discípulos que se guarden de la levadura de los fariseos que es la hipocresía y nosotros también debemos guardarnos de ella. Y termina hablando Santiago que el resultado de la rectitud, de la justicia, es la paz y esa paz se manifiesta en los hacedores de la voluntad de Dios, porque, en definitiva, uno que trata de vivir según la sabiduría de Dios, es uno que busca hacer y obedecer la voluntad de Dios. La pregunta es: ¿qué sabiduría vamos a elegir: la sabiduría terrenal, de este mundo que es, dice Santiago, animal y diabólica, o la sabiduría de Dios, que se basa en la obediencia a su voluntad?

CONCLUSION: Si notamos que estamos mal y estamos viviendo según la sabiduría de este mundo, tenemos que cambiar, es tiempo de que reaccionemos ante la verdad de Dios. Dice el Señor: “Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia, amando al SEÑOR tu Dios, escuchando su voz y allegándote a El; porque eso es tu vida y la largura de tus días, para que habites en la tierra que el SEÑOR juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob”. Deuteronomio 30:19-20.-