¿A QUIÉN SERVIMOS?

INTRODUCCION: Cuántas veces ya hemos escuchado la Palabra de Dios. Y Dios en su misericordia nos sigue hablando y hablando. Tenemos que abrazar cada palabra que Dios nos da como un tesoro, y no debemos desecharla, porque si lo hacemos, nosotros mismos perdemos la bendición. Atesorar la Palabra de Dios es para nuestro bien y obedecerla mucho mejor. Santiago dice que no seamos oidores olvidadizos de la palabra. Que la tengamos en cuenta y que la pongamos por obra. Pero lo cierto es que somos débiles y necesitamos vez tras vez que Dios nos repita la mismas cosas muchas veces hasta que esa Palabra de Dios se haga carne en nosotros. Nuestros olvidos de la palabra de Dios son peligrosos porque quedamos expuestos al pecado y a los dardos del enemigo. Cuando el mandamiento dice: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu mente”, nos está diciendo “no te olvides lo que te hablo, recuerda mi palabra”. Tenemos que aplicar nuestra capacidad de recordar a la Palabra de Dios.  Nuestra capacidad de recordar utilizada por el Espíritu Santo hace la obra de grabar la Palabra en nuestro corazón. Dice el profeta Jeremías: “Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios; y ellos me serán por pueblo”.  Hoy vamos a ver un pasaje que nos muestra a quien estamos sirviendo.

TEXTO: Romanos 6:15-23

  1. El estar bajo la gracia de Dios no nos da licencias para vivir en el pecado (vs. 15).- En este pasaje Pablo pregunta: “¿Pecaremos porque no vivimos bajo la ley sino bajo la bondad inmerecida de Dios?” En otras palabras: “¿Seguirán pecando, total Dios es bueno?” Y dice Pablo: “En ninguna manera”. La gracia de Dios es su disposición amistosa a extendernos su favor que no merecemos. Y a pesar de que Dios nos permite vivir bajo esa gracia, bajo ese favor inmerecido, y que no merecemos por causa del pecado, Pablo dice que no podemos darnos vacaciones para pecar. En la vida cristiana no tenemos tiempo libre para pecar, no hay recreo. Jesús habla de la parábola de la cizaña y dice que no debemos dormirnos porque es allí donde el enemigo actúa. Creo que la causa por la cual muchas veces olvidamos las recomendaciones de Dios y pecamos es porque nos olvidamos de la otra parte del carácter de Dios que es su santidad; y conocer su santidad trae el temor reverente a nuestras vidas. En Isaías 6:1-5 leemos acerca del encuentro del profeta con la santidad del Señor, y su expresión es: “¡Ay de mí! Que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…” Esta exclamación es la de un hombre que tiene temor porque ve su condición ante la del Dios Santo y Todopoderoso.  Tenemos que tener un encuentro con el Dios Santo para que aprendamos a temerle, porque de esa forma resistiremos al pecado. El temor a Dios nos capacita para resistir la tentación.

 

  1. Tenemos libertad para someternos al pecado o a la obediencia a Cristo (vs. 16).- Pablo continúa diciendo que si nos sometemos a alguien para obedecerle, somos esclavos o siervos de ese alguien. En el original griego la palabra “parístemi” es la expresión “sometéis a alguien como esclavos”, y significa “se están presentando, se están exhibiendo, están compareciendo, se están aceptando como esclavos”, y luego dice “para obedecerle”. En este pasaje se pone de manifiesto el libre albedrío que tenemos, es decir, la libre elección. El apóstol está diciendo: Ustedes son los que eligen a quién van a servir: al pecado o a la justicia. Otra palabra que corresponde a justicia es rectitud. La rectitud es el conocimiento práctico de lo que debemos hacer o decir  conforme a la voluntad de Dios, a lo que Él manda. Como el pecado es desobediencia a Dios, lo contrario es obediencia a Cristo y Pablo está diciendo que podemos elegir servir al  pecado o a la obediencia a Cristo. Tenemos que hacer que nuestra voluntad obedezca al Señor y no al pecado. En 2ª Corintios 10:5 leemos “llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Un pensamiento cautivo o bajo la obediencia a Cristo puede librarnos de muchos dolores de cabeza. Para ello siempre tenemos que preguntarnos: ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Tenemos que elegir siempre lo que más nos conviene como hijos de Dios y en este caso nuestra elección debe ser servir y obedecer al Señor.

 

  1. Cuando verdaderamente nos entregamos a Cristo obedecemos de corazón (vs. 17).- Pablo da gracias a Dios de que, aunque los hermanos antes eran esclavos del pecado, habían “obedecido de corazón” a la doctrina, es decir, a la enseñanza de Cristo. Debemos obedecer de corazón, es decir, no por obligación ni porque nos están diciendo las cosas, sino por amor a Aquel que nos amó primero. En el obedecer de corazón se manifiesta el amor que le tenemos al Señor. En Juan 14:21, Jesús les dice a sus discípulos: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama…” El amor es entrega y cuando estamos entregados a Cristo totalmente es cuando podemos obedecer sin ningún impedimento. Si Dios me tiene que corregir, voy a aceptar su corrección y voy a obedecer porque le amo. Sabemos cantar “todo a Cristo hoy le rindo”, y rendirse es estar dispuesto a someternos a su voluntad, es ponerse a las ordenes de Él para complacerle y agradarle. Es cuando estamos entregados totalmente a Cristo cuando podemos obedecerle de corazón.

 

  1. Cuando somos libertados del pecado somos hechos siervos de la rectitud (vs. 18).- El apóstol dice: “y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia”. Sólo cuando somos libres de la esclavitud del pecado, podemos servir a la rectitud, y cuando servimos a la rectitud estamos sirviendo al Dios Todopoderoso. En Hebreos 12:1, en la segunda parte del versículo leemos: “…despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante”. Para poder servir al Señor tenemos que despojarnos de todo peso; del peso de la culpa, del peso de nuestro pasado, del peso de nuestra hipocresía, del peso de nuestros pecados que nos asedian, que están escondidos y agazapados en nuestro corazón y dispuestos a salir en cualquier momento, del peso de nuestro orgullo, etc. Saquemos a la luz toda aquella parte de nuestro corazón que aún está en sombras y dejemos que su Palabra nos ilumine para desechar eso que impide que podamos seguir y servir al Señor con libertad. Tiene que llegar el momento de que la obediencia a Cristo sea nuestra única elección y decisión. Aborrezcamos el pecado que está en nosotros, y que se manifiesta en pensamientos, palabras y actitudes, y caminemos en la rectitud que nos señala su Palabra.

 

  1. Tenemos de que dejar de utilizar cada parte de nuestro cuerpo para el pecado y utilizarlo para la rectitud caminando en santidad (vs. 19).-  Pablo habla sabiendo y conociendo la debilidad humana y dice que “así como ustedes presentaron los miembros de su cuerpo para iniquidad, ahora presenten sus miembros para la santidad sirviendo a la rectitud”. En el original dice “así como hicieron poner de pie a los miembros de vuestro cuerpo esclavizados a la inmundicia y a la violación de la ley de Dios, así ahora hagan poner de pie a los miembros de vuestro cuerpo esclavizados a la rectitud y a la santidad”. La expresión “hagan poner de pie” significa que cada miembro de nuestro cuerpo esté preparado para servir a la rectitud y a la santidad. Mis ojos deben servir a la rectitud y a la santidad, mi cabeza debe servir a la rectitud y a la santidad, mis manos deben servir a la rectitud y a la santidad, mi boca debe servir a la rectitud y a la santidad, mis pies deben servir a la rectitud y a la santidad, etc. En 1ª Corintios 6:20 dice “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios”.

 

  1. Cuando servíamos al pecado no teníamos en cuenta la rectitud (vs. 20).- El apóstol les recuerda a los hermanos que cuando eran esclavos del pecado no tenían en cuenta la rectitud. Lo que ocurre es que cuando el pecado gobierna nuestro entendimiento, dice la Palabra, está entenebrecido, está en tinieblas y es como si tuviéramos una venda en nuestros ojos espirituales. No podemos percibir lo recto ni lo que es la voluntad de Dios. En ese momento considerábamos todas las cosas de Dios como locura. En Juan 3:19-20 leemos “Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas; porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”. La permanencia del pecado en nuestro corazón nos hace aborrecer la luz; por eso hay que sacarlo lo antes posible de nosotros.

 

  1. Estando en tinieblas y sirviendo al pecado el fruto que tenemos es de vergüenza y de muerte (vs. 21).-  Pablo pregunta retóricamente “¿qué fruto o resultado tenían de aquellas cosas que ahora se avergüenzan? Porque el fin de ellas es la muerte.” En otras palabras dice Pablo: “¿Pero qué provecho sacaron? Tan sólo la vergüenza de vivir separados de Dios. La vergüenza es un sentimiento de turbación o confusión causado por un sentir de culpa; es sentir humillación y deshonra; y eso es lo que produce le pecado. En Génesis 3:10, luego del pecado, Adán le dice a Dios: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí”. Esta es la sensación que queda después de que hemos pecado: nos sentimos desnudos, ante la presencia de Dios y con temor, y el enemigo continúa su obra llevándonos a escondernos de Dios; y esto es lo peor que podemos hacer, porque el deseo y la voluntad del Señor es de que vayamos a la luz, que confesemos nuestros pecados y nos apartemos, que tengamos comunión con la iglesia y así la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado (1ª de Juan 1:7).

 

  1. Cuando somos libertados del pecado y nos convertimos en siervos de Dios, el resultado es la santidad y nuestro final la vida eterna (vs. 22).- El escritor dice que ya hemos sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios. Dios nos liberta del pecado con la misión de hacernos sus siervos. Dejamos de servir a un amo para servir a otro. Pablo dice que “hemos sido libertados”, tiempo pasado. Y hay alguien que ha hecho esto porque por nosotros mismos no lo hubiéramos podido lograr. La conciencia que tenemos que tener a partir del conocimiento de la verdad es de que ya no pertenecemos al pecado; no podemos prestar nuestros oídos y nuestra vida al pecado. Ya hemos sido libertados de la maldición. No debemos mirar hacia atrás nuevamente, hacia Egipto, como lo hizo el pueblo de Israel. No pertenecemos a Egipto. Somos ciudadanos de la Tierra Prometida por el Señor, ciudadanos del cielo y por lo tanto tenemos que vivir como tal. Pero Pablo sigue animando a los hermanos diciéndoles que si viven para Dios en santidad, llegarán al final del recorrido que es la vida eterna junto a Cristo. Esta es nuestra esperanza. No  servimos y obedecemos a Dios en vano: hay una esperanza viva que late en nuestros corazones: Que un día vamos a ver al Señor cara a cara para estar con Él . Por lo tanto sigamos adelante, no nos cansemos, no dejemos que el pecado quiera detener nuestra marcha a la Tierra Prometida. Arrepintámonos, limpiémonos y sigamos adelante.

 

  1. El pecado nos paga con la muerte pero Dios nos regala vida eterna a través de la fe en Cristo Jesús (vs. 23).-  Pablo termina diciendo que “el que el pecado paga con la muerte”; en el original dice que el pecado da un “sueldo”, y ese sueldo es la muerte, la separación de Dios. Cuando estamos separados de Dios es como estar muertos. En Éxodo 33, leemos que por causa del pecado de Israel, el Señor dice que Él no los iba a acompañar porque eran un pueblo de dura cerviz, y a lo mejor eran consumidos por el camino. Parece que al Señor en algún momento se le termina la paciencia. Y dice el vs. 4: “Y oyendo el pueblo esta mala noticia, vistieron luto, y ninguno se puso sus atavíos”. Esto nos muestra que cuando hay pecado y rebelión, el Señor no está y si Él no está, hay muerte, hay luto, porque eso es lo que nos deja el pecado. Pero el apóstol termina dando una nota de fe: “pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. En el original dice: “pero la dádiva de bondad inmerecida de Dios es vida eterna en el Ungido Jesús”. Dios nos regala vida eterna cuando decidimos seguirle, servirle y obedecerle. “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero y a Jesucristo a quien has enviado”. Juan 17:3.

 

  • Termino preguntando: ¿A quién servimos: al pecado para muerte o a la rectitud que es la voluntad de Dios para vida eterna? Que el Señor nos ayude para que elijamos bien. Deuteronomio 30:19 “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia; amando a Jehová tu Dios, atendiendo a su voz, y siguiéndole a Él; porque Él es vida para ti, y prolongación de tus días; a fin de que habites sobre la tierra que juró Jehová a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, que les había de dar”.