BAJO LA AUTORIDAD DEL PADRE

INTRODUCCIÓN: Una de las cosas que aprendemos de la vida sin Dios es que podemos hacer lo que se nos da la gana; es decir, no tenemos ni reconocemos ninguna autoridad sobre nuestras vidas. La autoridad es el derecho de mandar o gobernar a personas que están subordinadas. Autoridad implica el derecho de gobernar y el derecho de ser obedecido. Toda autoridad le pertenece a Dios porque es el Creador de todas las cosas. Cuando nosotros vivimos haciendo lo que se nos antoja, no estamos reconociendo la autoridad del Señor. Eso significa que estamos en rebeldía contra Dios. Por causa de que el pecado entró a este mundo la rebeldía está presente en cada ser humano. No nos gusta obedecer ni sujetarnos a nadie. Y todo esto porque el pecado es el que nos hace buscar la independencia de Dios. Pero de esta forma pasamos a ser gobernados por el espíritu que gobierna sobre los hijos de desobediencia, dice la Palabra de Dios. O sea que pretendemos escaparnos de un amo, que es el Señor, para ponernos bajo el dominio de otro, que es el enemigo de nuestras almas, creyendo que estamos haciendo lo que queremos; pero la verdad es que estamos haciendo la voluntad del enemigo. Hoy quería meditar en un pasaje que nos ayudará a reconocer quién es la máxima autoridad y que si queremos ser salvos de esta perversa generación, debemos sujetarnos a ella.

TEXTO: Juan 3:31-36.-

DESARROLLO:

1.- (vs. 31-32) TENEMOS QUE RECONOCER QUE EN JESUCRISTO, EL HIJO DE DIOS, ESTÁ LA MÁXIMA AUTORIDAD Y POR ÉL TENEMOS EL TESTIMONIO DEL PADRE Y DEL CIELO.-  Dice el evangelio aquí que el que viene de arriba está por encima de todos. Hay un lugar que tenemos que reconocer y es el de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: Él está sobre todos, por encima de todos. Nadie puede igualarle Y el otro lugar es el nuestro: Nosotros estamos debajo de Él. Esto significa que debemos reconocer su autoridad. Reconocer su autoridad es obedecerle, temerle, servirle y aceptar su gobierno, lo que determina y permite para nuestras vidas. Uno de los problemas más grandes que tenemos es la de reconocer la autoridad de Dios y someternos a ella porque el pecado deterioró nuestra relación con Él. Pero el que descendió del cielo, Cristo Jesús, a través de su obra redentora nos transforma para que nuestro corazón sea libre de la rebelión contra Dios y se convierta en un corazón humilde y obediente a la autoridad del Todopoderoso. Por Cristo también tenemos el testimonio del Padre, es decir, su voluntad revelada en la palabra y en las enseñanzas de Cristo. Jesucristo vino a salvarnos trayendo el mensaje del Padre; de su boca salía el mensaje que venía del Padre. Cristo es el testimonio vivo que nos habla del amor del Padre.

2.- (vs. 33) CUANDO RECIBIMOS EL MENSAJE DEL EVANGELIO, CREYÉNDOLO Y PONIÉNDOLO EN PRÁCTICA, CONFIRMAMOS QUE DIOS ES VERAZ Y HABLA VERDAD.- Sigue diciéndonos el pasaje que el que acepta el testimonio de Cristo, confirma que Dios es veraz. Aceptar el testimonio de Cristo es creer a su mensaje, enseñanzas y vida. Muchas veces las situaciones difíciles de la vida nos hacen dudar de Cristo y de su mensaje. Una de las cosas que implica la fe es el aferrarse a lo que Dios ha dicho y prometido, es decir, a su bendita Palabra. Pero esto no es para nada fácil porque Dios nos prueba y examina. Hay muchos pasajes que hablan de la prueba de nuestra fe. Podemos ver dos: uno en Deuteronomio 8:2. Aquí Dios habla a su pueblo Israel y les hace saber que se acordarán de todo el camino en el desierto por donde Él los había llevado por cuarenta años para afligirlos y ponerlos a prueba. En este pasaje podemos descubrir algo de cómo el Señor trabaja con nosotros: Él nos lleva a los desiertos y allí nos aflige y nos pone a prueba. Podemos preguntarnos ¿Por qué tenemos que ser afligidos? ¿Por qué tenemos que ser puestos a prueba? Y el Señor dice: Para saber lo que hay en nuestro corazón, es decir, para saber cuáles son las intenciones de nuestro corazón y nuestras inclinaciones; en otras palabras para ver si estamos dispuestos a servirle obedeciendo a sus mandamientos y consejos, a pesar de lo malo que nos pase. Si estamos dispuestos a seguir al Señor en medio de esos momentos de dolor, entonces afirmamos, como dice Cristo, que Dios es veraz y dice la verdad. Aceptamos su testimonio con todo lo que eso implica: obedecerle a pesar de cualquier cosa, amarle a pesar de las adversidades, creerle aunque no veamos ninguna salida. Y el otro pasaje se encuentra en 1ra. Pedro 1:7. El apóstol dice que cuando nuestra fe sea puesta a prueba, así como el oro se prueba, habrá de manifestarse en alabanza, gloria y honra el día del regreso de Cristo. Es decir que en el día de Cristo, Él hallará fe en nosotros y por ello nos honrará, nos glorificará y mereceremos su aprobación. Como muchos sabemos, cuando el oro se pasa por el fuego, es purificado, o sea que queda libre de impureza. Y nuestra fe se pasa por la prueba para que nosotros y nuestro corazón sea libre de impurezas y de pecado. En definitiva, entendemos que la aflicción, la adversidad y el dolor son la prueba que tenemos que pasar para ser purificados. Por eso, en la medida de nuestro entendimiento y fe, roguemos a Dios que no reneguemos de su trato, porque aún eso es muestra de su infinito amor de Padre para que un día, libres de impurezas y de maldad, estemos con Él por la eternidad.

3.- (vs. 34) EL QUE ES ENVIADO DE DIOS HABLA SOLAMENTE LAS PALABRAS DE DIOS Y A TRAVÉS DE LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO.-  El escritor aquí dice que el enviado de Dios habla las palabras de Dios. Una de las cosas que podemos notar aquí es la humildad del Señor Jesucristo al reconocer que Él es un enviado de Dios y que lo que habla solamente son las palabras que Él ha escuchado del Padre Celestial. Esto a nosotros también nos trae una enseñanza: si consideramos que cada uno de nosotros, como iglesia de Cristo, somos enviados, lo único que debemos hablar son las palabras de Dios. No podemos quitar ni añadir a sus palabras. Pero podemos ver que estos son los días de los falsos profetas, de aquellos que dicen hablar de parte de Dios pero no lo son y engañan a la gente. Pero en Jeremías 23:9-40, el Señor Todopoderoso denuncia y condena a los falsos profetas. El profeta hablando de parte de Dios dice que se siente con el corazón destruido por causa de lo que el Señor dice. Algunas de las cosas que Dios habla contra los sacerdotes y profetas falsos son: Que los profetas y sacerdotes son unos malvados porque aún en el templo, en su casa, cometen su maldad. Que a la hora de su castigo, Él dejará caer sobre ellos la calamidad. Que hicieron perder el rumbo a su pueblo. Que cometen grandes torpezas como cometer adulterio, ir en pos de la mentira, fortalecer la mano de los malvados, y son para Dios como los habitantes de Sodoma y Gomorra. Y declara una sentencia: Voy a hacerlos comer ajenjo; voy a hacerles beber agua amarga. Dice que la hipocresía que hay en toda la tierra de Israel tiene su origen en los falsos profetas de Jerusalén. Que sus visiones nacen de su propio corazón y no de la boca de Dios. Se atreven a decir a los que desprecian al Señor, que Él ha dicho que tendrán paz, y aunque siguen su obstinado corazón, les dicen que no les sobrevendrá ningún mal. El Señor dice: “Yo no envié a esos profetas, y sin embargo ellos se dieron prisa; yo jamás les hablé, pero ellos profetizaron. Si ellos realmente me hubieran buscado, habrían hecho que mi pueblo atendiera a mis palabras y se apartara de su mal camino y de sus malas obras”.  El que es enviado de Dios sólo habla sus palabras y dirigido por el Espíritu Santo. No podemos hablar de más ni lo que no está en el corazón de Dios porque de esta forma contaminamos sus Palabras. Pero Él sabe que tiene que hacer.

4.- (vs. 35-36) SÓLO HAY DOS OPCIONES: SI CREEMOS TENEMOS VIDA ETERNA Y SI NOS REHUSAMOS A CREER NO VEREMOS LA VIDA.- El pasaje nos recuerda que hay solamente dos opciones: creer o rehusarnos a creer. Si creemos en la obra de salvación del Hijo de Dios, vamos a tener vida eterna pero si nos rehusamos a creer, no veremos la vida eterna, sino que la ira de Dios recae sobre nosotros. Un pastor dijo una vez que cuando estemos frente al Señor, Él nos va a tomar el pulso: si tenemos pulso, tenemos la vida eterna; pero si no lo tenemos, no tenemos la vida. Nuestro pulso depende de si creemos o no creemos, de si tenemos fe en la obra redentora de Cristo o no la tenemos. Este creer implica que deseamos vivir como su Palabra nos manda: amando a Dios por sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es Cristo en nosotros, la esperanza de gloria, el que nos otorga la vida eterna. Si has venido sin fe en el Hijo de Dios porque las circunstancias de la vida te han hecho perderla, hoy es tu día de salvación y de decirle: “Señor, quiero creer. Aumenta mi fe”.-

CONCLUSION:   Dios nos llama a vivir bajo su autoridad para que seamos bendecidos. No creamos que por hacer lo que se nos da la gana somos libres. Al contrario: somos esclavos del espíritu de los hijos de desobediencia. Vivir bajo la autoridad de Dios implica que estamos dispuestos a vivir dentro de sus límites, dentro de sus mandatos y ordenanzas, pero aunque sea así, eso nos salvará de nuestra maldad, del enemigo y de la ira de Dios. Vivamos bajo la autoridad del Dios que es veraz y habla verdad.