DEL VALLE DE LÁGRIMAS A LA FUENTE

En Salmos 84:5-7, dice: “¡Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos! Atravesando el valle de lágrimas, lo cambian en fuente cuando la lluvia llena los estanques. Irán de poder en poder; verán a Dios en Sion”. Dice el salmista: “bienaventurado el hombre (o la mujer)”. Una persona “bienaventurada” es aquella que es feliz y dichosa. Y así es aquel que reconoce que sus fuerzas están en Dios, su Señor; que reconoce que tiene como un depósito de fortaleza a su Creador y Dios; que sabe que tiene reservas espirituales para enfrentar la vida sólo recurriendo al Dios Todopoderoso. También, dice el salmista, que esa persona sabe que en su ser están los caminos de su Dios. Cuando hablamos de caminos podríamos referirnos a los deseos, pensamientos y a la voluntad del Señor. Es decir que, en el corazón de esta persona, está guardada la voluntad de Dios. Dios expresa esa voluntad a través de su Palabra; es decir que la persona feliz y dichosa es la que guarda y pone por obra la Palabra de su Señor. Pero el escritor dice algo más: “atravesando el valle de lágrimas”. Un valle es un lugar llano entre montes o alturas; para ir al valle hay que descender desde el monte. El salmista habla del valle de lágrimas y esto nos hace pensar en un momento de dolor, en un momento de tristeza y en un momento de tribulación que debemos atravesar en la vida. Seguramente que derramamos muchas lágrimas durante el transcurso de nuestras vidas; hay momentos que pareciera que nunca se fueran a terminar. El escritor de este salmo dice que el hombre dichoso y bienaventurado mientras atraviesa el valle de lágrimas lo va convirtiendo en una fuente. Convertir un valle de lágrimas en una fuente no se encuentra dentro de nuestra característica de seres débiles y necesitados. Pero cuando nuestra actitud hacia la vida es transformada por la obra del Espíritu Santo y de la Palabra de Dios, nuestra fe se despierta y se activa, comenzamos a darnos cuenta que eran necesarias las lágrimas para que luego hubiera una fuente, era necesaria nuestra debilidad para que el poder del Señor se perfeccione en nuestras vidas. No busquemos esquivar el valle de lágrimas; atravesémoslo con toda confianza en las fuerzas de nuestro buen Señor, porque al final hay una hermosa y tremenda promesa: iremos de poder en poder; no es nuestro poder, sino el poder del Altísimo, del Dios Todopoderoso; como final, veremos al Señor en su morada. Este es el motivo de la existencia del valle de lágrimas: llegar un día a ver a nuestro amado Señor en Sion, en su morada, donde Él habita en toda su plenitud. No bajemos lo brazos, no nos cansemos. Seguramente aún nos quedan valles de lágrimas que atravesar, pero recordemos cuál es el fin: Llegar a su morada y poder contemplarle. Que el Señor les bendiga. Un abrazo a todos.